Historia geológica y registro paleontológico del Pleistoceno Tardío en El Tecuán, Guanajuato

Por: María Jesús Puy-Alquiza1, Miren Yosune Miranda Puy2, Martínez Martínez Valeria jatzari1, Juan Antonio Ramírez Vázquez3, Raul Miranda Aviles1, Pooja Vinod Kshirsagar1, Elia Mónica Morales Zárate1, Jesús Rene Baez espinosa1

Resumen
La región de El Tecuán, ubicada en el noroeste del estado de Guanajuato, resguarda un valioso registro geológico y paleontológico que permite reconstruir las condiciones ambientales del Pleistoceno Tardío, un periodo caracterizado por marcadas oscilaciones climáticas. A partir del análisis integrado de imágenes satelitales, trabajo de campo, y estudios mineralógicos y geoquímicos, se identificaron depósitos fluvio-lacustres de baja energía, asociados a un antiguo sistema lacustre somero. Estas condiciones favorecieron la preservación de icnitas atribuibles a Procyon lotor (mapache), Didelphis virginiana (tlacuache) y aves acuáticas del orden Pelecaniformes. La mineralogía de los sedimentos, dominada por cuarzo, feldespatos y zeolitas, junto con la ausencia de fases hidrotermales, sugiere un ambiente de sedimentación estable, con fuerte influencia biogénica y evaporítica. La evidencia paleontológica y geoquímica permite interpretar a El Tecuán como un refugio ecológico durante el Último Máximo Glacial, que albergó comunidades faunísticas adaptadas a climas templado-húmedos. Los resultados de este estudio fortalecen el conocimiento sobre la dinámica paleo ecológica del Bajío y subrayan la importancia de conservar estos depósitos como archivos naturales del cambio climático Cuaternario en el centro de México.

Palabras clave: El Tecuán, Pleistoceno Tardío, Último Máximo Glacial (UMG), Paleo-ambiente lacustre, Huellas fósiles.

Abstract
The El Tecuán region, located in the northwestern part of the state of Guanajuato, preserves a valuable geological and paleontological record that enables the reconstruction of environmental conditions during the Late Pleistocene a period marked by pronounced climatic fluctuations. Through an integrated analysis of satellite imagery, fieldwork, and mineralogical and geochemical studies, low-energy fluvio-lacustrine deposits were identified, corresponding to a former shallow lacustrine system. These depositional conditions favored the preservation of fossil footprints attributed to Procyon lotor (raccoon), Didelphis virginiana (opossum), and aquatic birds of the order Pelecaniformes. The sediment mineralogy, dominated by quartz, feldspars, and zeolites, along with the absence of hydrothermal phases, suggests a stable depositional environment with strong biogenic and evaporitic influences. The paleontological and geochemical evidence supports the interpretation of El Tecuán as an ecological refuge during the Last Glacial Maximum, hosting faunal communities adapted to temperate-humid climates. The findings of this study enhance our understanding of paleo ecological dynamics in the Bajío region and underscore the importance of conserving such deposits as natural archives of Quaternary climate change in central Mexico.

Keywords: El Tecuán, Late Pleistocene, last Glacial Maximum (LGM), lacustrine paleo environment, fossil footprints.

Introducción
La comprensión del pasado geológico y paleobiológico es fundamental para interpretar los procesos naturales que han configurado los paisajes y ecosistemas actuales (Elias, 2010; Metcalfe et al., 2015). El periodo conocido como Pleistoceno Tardío (hace entre 126,000 y 11,700 años) constituye una etapa crítica en la historia climática de la Tierra, marcada por glaciaciones recurrentes, descensos globales de temperatura y reacomodos eco sistémicos de gran escala (Clark et al., 2009; Ruddiman, 2006). En este contexto, el Último Máximo Glacial (UMG), ocurrido entre 22,000 y 18,000 años cal AP, representó el punto más frío del último ciclo glacial, cuando las capas de hielo alcanzaron su máxima extensión en el hemisferio norte (Mix et al., 2001; Clark et al., 2009). Aunque la región centro de México no fue directamente cubierta por glaciares, sí experimentó profundas transformaciones ambientales, que han quedado registradas en secuencias sedimentarias, geoformas del paisaje y evidencias fósiles (Metcalfe et al., 2000; Caballero et al., 2010; Lozano-García et al., 2015). Modelos paleo climáticos y estudios palinológicos indican que la temperatura media anual descendió entre 6°C y 8°C respecto al promedio actual (Ortega-Guerrero et al., 2005; Metcalfe et al., 2015), generando desplazamientos altitudinales significativos en los ecosistemas montañosos. Como resultado, bosques templados y de coníferas se expandieron hacia tierras más bajas, reemplazando comunidades tropicales y xerófitas (Lozano-García y Ortega-Guerrero, 2014; Hooghiemstra et al., 2006). 

En este marco, zonas intermedias como El Tecuán (localizadas entre los 1,700 y 1,800 m s.n.m.) pudieron albergar ecosistemas de transición, caracterizados por cuerpos de agua someros, suelos húmedos estacionales y vegetación tipo sabana o bosque abierto, lo que creó micro hábitats de refugio para fauna adaptable, incluyendo mamíferos medianos, aves acuáticas y otros organismos de hábitos generalistas (Polaco y Arroyo-Cabrales, 2005; Arroyo-Cabrales y Johnson, 2013). Durante el UMG, muchas cuencas endorreicas del centro-norte de México, como las de los ríos Lerma, Verde y Aguanaval, mostraron una tendencia a la desecación, aunque también persistieron sistemas lacustres intermitentes que actuaron como reservorios ecológicos locales (Caballero et al., 2010; Ortega-Guerrero et al., 2005). La existencia de paleo-lagos estacionales en sitios como El Tecuán sugiere condiciones húmedas locales, donde la acumulación de agua favoreció la sedimentación de materiales finos y la preservación de huellas fósiles (Lozano-García et al., 2015; Metcalfe et al., 2020). 

La presencia de sedimentos ricos en silicatos, fosfatos y zeolitas en la zona indica ambientes de baja energía, con fuerte influencia biogénica, reforzando la hipótesis de que El Tecuán funcionó como una “isla ecológica”, conectada a través de corredores húmedos temporales que facilitaron la movilidad y la supervivencia de especies en un entorno climático hostil (Elias, 2010; Metcalfe et al., 2015). En otras localidades del Altiplano Central como Cieneguilla, el valle de Toluca o Zacapu, se han identificado fósiles de mega fauna pleistocénica (mamuts, camélidos, gliptodontes), junto con meso mamíferos como mapaches, tlacuaches y zorros, asociados a paleohumedales y ambientes ribereños (Polaco y Arroyo-Cabrales, 2005; Arroyo-Cabrales et al., 2008). En el caso de El Tecuán, las huellas fósiles impresas en arcillas laminadas refuerzan su importancia como archivo paleontológico continental. No obstante, estas dinámicas paleo ambientales han sido poco estudiadas en el centro-norte de México, a pesar de su potencial para reconstruir los efectos del cambio climático en los ecosistemas del pasado (Metcalfe et al., 2015; Lozano-García y Ortega-Guerrero, 2014). 

El Tecuán, ubicado en el municipio de Manuel Doblado, se sitúa dentro de la Mesa Central de México, una región de origen volcánico con antecedentes de actividad tectónica y sedimentación intermitente desde el Eoceno (Ferrari et al., 2012). Su configuración geomorfológica y la presencia de depósitos fluvio-lacustres lo convierten en un sitio estratégico para el estudio de ambientes continentales del Cuaternario en el Bajío. Las huellas fósiles de mamíferos y aves recientemente documentadas permiten reconstruir escenarios ecológicos del Pleistoceno Tardío y formular hipótesis sobre la dinámica de los ecosistemas durante el UMG. Este estudio presenta resultados basados en análisis estratigráficos, mineralógicos y geoquímicos, así como en la documentación sistemática de huellas fósiles. Además de enriquecer el conocimiento sobre el registro fósil cuaternario en el centro de México, se subraya la necesidad de conservar estos depósitos como archivos naturales de la historia ambiental, especialmente frente al actual contexto de cambio climático.

Marco geológico 
La comunidad de El Tecuán, situada en el municipio de Manuel Doblado, al noroeste del estado de Guanajuato, forma parte de la Mesa Central de México, una extensa altiplanicie de origen volcánico. Esta región se integra dentro de la provincia geológica del Eje Neovolcánico, una de las zonas tectónicamente más activas del país, caracterizada por una prolongada historia de vulcanismo, subsidencia tectónica y sedimentación continental desde el Eoceno hasta el Holoceno (Ferrari et al., 2012; SGM, 2019). El registro estratigráfico de El Tecuán evidencia múltiples episodios superpuestos de actividad volcánica, sedimentación lacustre y procesos erosivos (Figura 1). 

En la parte superior del perfil afloran depósitos aluviales del Holoceno (Qal), formados por gravas, arenas y arcillas, que rellenan terrazas fluviales recientes y lechos de cauces activos, reflejo de la dinámica geomorfológica contemporánea. Bajo estos depósitos superficiales se encuentran secuencias fluvio-lacustres del Plioceno al Pleistoceno (TplQptAr-Cgp), compuestas por areniscas, limos, conglomerados y capas delgadas de caliza. Estas unidades sugieren la existencia de antiguos sistemas de ríos y cuerpos de agua someros, asociados a climas más húmedos que los actuales. Es precisamente en estos sedimentos donde se han identificado huellas fósiles de vertebrados (como mamíferos y aves), indicadoras de ambientes de baja energía y alta humedad estacional. 

En niveles más antiguos afloran las rocas volcánicas del Mioceno medio a tardío (TmB-A), constituidas principalmente por basaltos, andesitas y andesitas-basálticas autobrechadas, que conforman las mesetas y lomeríos que dominan el paisaje actual. Estas unidades representan el inicio del vulcanismo asociado al Eje Neovolcánico en esta porción del Bajío. También del Mioceno temprano, aflora la unidad conocida como Valencianita (TmCz-Ar), formada por alternancias de areniscas, calizas, brechas calcáreas y mudstones, que reflejan condiciones de sedimentación lacustre poco profunda, con importantes aportes detríticos y procesos carbonatados. Esta unidad se distribuye en el centro y sureste de la región de El Tecuán. Un conjunto adicional corresponde al Grupo El Capulín (TmCgp-Ar), integrado por conglomerados y areniscas acumuladas en antiguos valles tectónicos y paleocanales, resultado de procesos erosivos y transporte fluvial sobre un relieve estructuralmente activo. Más profundamente, se encuentran las ignimbritas y tobas soldadas del Oligoceno medio a superior (ToIg), testimonio de episodios de vulcanismo explosivo. Estas rocas contienen fiammes y texturas porfídicas, y se distribuyen ampliamente en el occidente, centro y sur de Guanajuato. 

Del Oligoceno temprano, aflora la unidad andesítica ToA-B (Andesita Bernalejo), formada por coladas de andesita basáltica, basaltos y brechas volcánicas, producto de un vulcanismo intermedio de tipo fisural. Su presencia se reconoce en el noroeste y sur del estado. Finalmente, se identifica la unidad ToTR, parte basal de la Formación Cuatralba, compuesta por ignimbritas riolíticas vitroclásticas, con abundantes fenocristales de cuarzo, feldespato y fragmentos de pómez. Esta unidad representa pulsos de vulcanismo silícico explosivo. La sucesión culmina con los depósitos clásticos del Eoceno (TeCgp-Ar), compuestos por conglomerados y areniscas gruesas con clastos de riolita y andesita, resultado de procesos de sedimentación sinorogénica asociados a la tectónica post-laramídica (SGM, 2019; Consejo de Recursos Minerales, 2003). Esta compleja sucesión estratigráfica, documentada por el Servicio Geológico Mexicano (SGM) y el Consejo de Recursos Minerales (CRM), no solo resume la evolución tectónica y volcánica del occidente de México, sino que también ofrece el contexto físico indispensable para interpretar las condiciones paleoambientales del Pleistoceno Tardío. En particular, los depósitos fluvio-lacustres del Plioceno y Pleistoceno han preservado evidencia fósil valiosa para la reconstrucción de climas, ecosistemas y dinámicas ecológicas durante el Último Máximo Glacial.

Área de estudio
La zona de estudio se localiza en la comunidad de El Tecuán, perteneciente al municipio de Manuel Doblado, en el sector noroeste del estado de Guanajuato, México (Figura 2). 

Geográficamente, El Tecuán se ubica en las coordenadas 20.826° N y 101.8648° O, a una altitud promedio de 1,742 metros sobre el nivel del mar, dentro de la región fisiográfica conocida como la Mesa Central de México (INEGI, 2020). Este territorio forma parte del Altiplano Mexicano, caracterizado por extensas planicies volcánicas, interrumpidas por sierras bajas, mesas basálticas y antiguas depresiones tectónicas. El relieve local es predominantemente suave, con pendientes ligeras y cauces temporales, aunque se observan afloramientos de rocas volcánicas y sedimentarias que permiten el estudio directo de la estratigrafía. El clima actual en la región es semiseco templado, con una precipitación media anual de aproximadamente 600 mm, concentrada entre los meses de junio y septiembre. Las temperaturas oscilan entre los 8 °C en invierno y los 30 °C en verano. Esta estacionalidad climática favorece procesos de erosión y acumulación, así como la formación de suelos poco desarrollados con escasa cobertura vegetal fuera de la temporada de lluvias (García, 2004). Hidrológicamente, El Tecuán se sitúa dentro de la cuenca del río Lerma, una de las principales del centro de México. Durante el Pleistoceno, esta región habría albergado humedales estacionales y cuerpos de agua someros, condiciones que contribuyeron a la conservación de huellas fósiles en depósitos finos de origen lacustre. Desde el punto de vista geológico, el área se encuentra en una zona de transición entre materiales volcánicos y sedimentarios, lo que permite observar una estratigrafía compuesta por depósitos fluvio-lacustres, ignimbritas, andesitas y conglomerados. 

Metodología
La presente investigación se desarrolló a partir de un enfoque interdisciplinario que combinó herramientas de análisis geoespacial, prospección de campo, muestreo estratigráfico, caracterización mineralógica y análisis paleontológico. Esta integración metodológica permitió reconstruir las condiciones paleo ambientales del sitio El Tecuán durante el Pleistoceno Tardío.

Análisis geoespacial
Se realizó una revisión comparativa de imágenes satelitales multi-temporales, disponibles a través de plataformas como Google Earth Pro y el Sistema de Monitoreo de Cobertura Vegetal del INEGI, con el objetivo de identificar geo-formas relevantes y patrones de acumulación sedimentaria. Se prestó especial atención a estructuras de tonalidad clara, morfología circular y textura homogénea, interpretadas preliminarmente como antiguos cuerpos lacustres o humedales someros. A partir del análisis visual y la superposición de capas topográficas y geológicas, se seleccionaron dos zonas prioritarias para el muestreo de campo, caracterizadas por la presencia de depósitos finos y evidencias superficiales de bioturbación o trazas fósiles.

Trabajo de campo y registro paleontológico
Durante la etapa de campo se aplicaron técnicas de prospección estratigráfica y geo pedológica, con el objetivo de documentar afloramientos relevantes y recolectar muestras representativas de sedimento. Las campañas de campo incluyeron un recorrido sistemático de superficie, siguiendo transectos establecidos sobre los afloramientos identificados previamente mediante imágenes satelitales. Las huellas fósiles visibles se georreferenciaron usando receptores GPS de alta precisión (±3 m) y se registraron en fichas estandarizadas que incluían: Posición estratigráfica relativa, Tipo de matriz sedimentaria, Medidas (longitud, anchura, profundidad), Orientación y patrón del rastro (si era visible más de una huella), Estado de conservación. El trabajo paleontológico en campo se enfocó en la documentación, levantamiento y análisis de huellas fósiles (icnitas) preservadas en depósitos de origen fluvio-lacustre del Pleistoceno Tardío. Las evidencias recuperadas corresponden a icnofósiles de vertebrados, particularmente impresiones atribuibles a mamíferos medianos y aves acuáticas, conservadas en niveles arcillosos con estructuras sedimentarias de baja energía. Las evidencias paleontológicas fueron clasificadas con base en criterios morfológicos, comparándose con bases de datos de icnotaxonomía de vertebrados, siguiendo las directrices de clasificación propuestas por Getty (2018) y Lockley and Hunt (1995). Las huellas fueron georreferenciadas con dispositivos GPS de alta precisión (±3 m), fotografiadas en escala y protegidas para su conservación. Adicionalmente, cada traza fue fotografiada en escala, con iluminación natural y ángulo ortogonal, y en algunos casos se utilizó luz rasante para resaltar relieves sutiles.

Extracción y muestreo
Se tomaron tres muestras de suelo (M1, M2 y M3) del sistema lacustre. Se realizó la extracción de huellas fósiles cuando el riesgo de erosión era evidente o cuando la muestra era diagnóstica y no podía ser documentada adecuadamente in situ. En estos casos, se aplicaron los siguientes criterios de muestreo: (1) Recorte controlado del bloque portador, delimitando un margen de al menos 5 cm alrededor de la huella, (2) Estabilización de bordes con consolidantes acrílicos (Paraloid B-72 al 5%) para evitar fracturas durante el transporte, (3) Etiquetado codificado que incluyó ubicación, fecha y número de muestra, así como un registro fotográfico antes y después de la extracción. Las muestras se transportaron al laboratorio para su limpieza, conservación y análisis detallado. Las que no fueron extraídas se protegieron con cobertura de geotextil y tierra vegetal para evitar la desecación y la intemperización.

Identificación y análisis icnotaxonómico
La identificación preliminar de las huellas fósiles se realizó mediante criterios morfo métricos e icnotaxonómicos reconocidos en el estudio de vertebrados terrestres y aves acuáticas. Para ello, se aplicaron protocolos establecidos por Lockley y Hunt (1995), complementados con las actualizaciones metodológicas de Getty (2018) y Castañera et al. (2013). Las mediciones incluyeron longitud, anchura, profundidad, orientación y patrón del rastro cuando era visible más de una impresión consecutiva. En cada caso se evaluó el grado de preservación taxonómica, considerando variables como la compactación del sustrato, deformaciones laterales, erosión superficial y claridad de relieves. Se tuvo especial cuidado en evitar sobre interpretaciones en huellas incompletas o afectadas por procesos diagenéticos. Las huellas atribuibles a mamíferos fueron comparadas con registros de meso mamíferos del Pleistoceno norteamericano y mexicano, considerando proporciones plantares y disposición digital. Para las aves, aunque no fue posible una determinación a nivel de especie debido a la falta de caracteres diagnósticos precisos, se logró su clasificación dentro del orden Pelecaniformes, a partir de la morfología general de las huellas y el entorno sedimentario en que fueron halladas. Este análisis permitió confirmar la presencia de al menos dos grupos faunísticos con afinidades ecológicas distintas, lo que sugiere la coexistencia de comunidades terrestres y acuáticas en un ambiente lacustre transicional durante el Último Máximo Glacial.

Conservación y resguardo
Con el fin de preservar las evidencias paleontológicas recolectadas durante el trabajo de campo, se implementaron medidas específicas de conservación y resguardo tanto para las huellas fósiles extraídas como para aquellas dejadas in situ. Las muestras recuperadas, seleccionadas con base en su valor diagnóstico y estado de preservación, fueron estabilizadas mediante la aplicación de consolidantes acrílicos (Paraloid B-72 al 5%) en los bordes del bloque portador, con el propósito de evitar fracturas durante el manejo y transporte. Cada muestra fue empacada en cajas individuales, etiquetadas con un sistema codificado que incluyó la ubicación geográfica (coordenadas GPS), fecha de recolección y número de identificación, además de su respectivo registro fotográfico antes y después de la extracción. Estas muestras se trasladaron al laboratorio del Departamento de Minas, Metalurgia y Geología de la Universidad de Guanajuato, donde fueron almacenadas en condiciones ambientales controladas para evitar su deterioro. Las icnitas no extraídas fueron protegidas en campo mediante la colocación de geotextil y una capa superficial de tierra vegetal, con el objetivo de minimizar la exposición directa a agentes erosivos como el viento, la lluvia o la radiación solar. Además, toda la información asociada incluyendo fotografías, fichas de registro, coordenadas y notas de campo fue integrada en una base de datos georreferenciada, diseñada para facilitar análisis espaciales, reconstrucciones paleo ambientales y futuras acciones de monitoreo y protección del patrimonio paleontológico local.

Análisis geoquímico
El análisis geoquímico de tres muestras de suelo (M1, M2 y M3) implicó la determinación de las fases mineralógicas mediante un difractómetro de rayos X Ultima IV (Rigaku) con radiación CuKα. La composición elemental se evaluó mediante fluorescencia de rayos X (XRF) con un espectrómetro Rigaku NEX CG, que emplea tecnología de fluorescencia de rayos X por dispersión de energía (EDXRF). El instrumento está equipado con un tubo de rayos X con ánodo de paladio y opera a un máximo de 50 W y 50 kV–2 mA en atmósfera de helio. Los análisis se realizaron en el Laboratorio de Investigación para la Caracterización de Materiales y Minerales (LICAMM) de la Universidad de Guanajuato.

Resultados

Análisis preliminar mediante imágenes satelitales
A través de la inspección de imágenes satelitales multitemporales obtenidas de plataformas como Google Earth Pro y el Sistema de Monitoreo de Cobertura Vegetal del INEGI, se identificaron geo formas características asociadas a antiguos cuerpos de agua, como humedales estacionales y lagunas someras. Estos rasgos se manifestaban como estructuras de morfología circular, tonalidades claras y texturas homogéneas, que fueron interpretadas preliminarmente como depósitos lacustres. La superposición de capas topográficas y geológicas permitió delimitar dos zonas prioritarias de muestreo en El Tecuán, destacadas por la presencia de depósitos finos, acumulaciones de sedimentos y posibles estructuras asociadas a procesos biogénicos. Este análisis remoto fue fundamental para orientar las campañas de prospección en campo y establecer hipótesis iniciales sobre la dinámica paleo ambiental de la región durante el Pleistoceno Tardío (Figura 3).

Registro de evidencias paleontológicas 
Durante la prospección de campo se identificaron un total de 12 huellas fósiles distribuidas en dos zonas prioritarias. Las impresiones se localizaron en niveles arcillosos laminados, correspondientes a depósitos fluvio-lacustres del Pleistoceno Tardío. Las huellas mejor conservadas presentan medidas que oscilan entre 6 y 12 cm de longitud, con una profundidad promedio de 1.5 cm. Mediante el análisis morfológico y la comparación con bases de datos icnotaxonómicas, se determinó que las icnitas corresponden a vertebrados terrestres y aves acuáticas. En particular, se identificaron rastros atribuibles a Procyon lotor (mapache), Didelphis virginiana (tlacuache) y aves del orden Pelecaniformes, como garzas. No fue posible realizar una determinación específica para las huellas aviares debido a la ausencia de caracteres diagnósticos suficientes. Las huellas muestran orientación dispersa y disposición aislada o en pares, sin formar rastros completos. En varios casos, se observaron indicios de bioturbación y deformación tafonómica ligera. Tres huellas fueron extraídas por riesgo de erosión y trasladadas al laboratorio tras su estabilización con Paraloid B-72. Las restantes fueron protegidas con geotextil y tierra vegetal. Este conjunto de evidencias sugiere un ambiente lacustre somero con condiciones de baja energía, que favoreció la conservación de rastros fósiles de fauna adaptable a climas templado-húmedos, característicos del Último Máximo Glacial. (Figura 4).

Análisis mineralógico y geoquímico
Los resultados geoquímicos indican un entorno sin señales de mineralización hidrotermal, compatible con un ambiente lacustre evaporítico y biogénico.

Fluorescencia de Rayos X y Difracción de Rayos X
Los análisis de fluorescencia de rayos X (FRX) realizados en las muestras de suelo M1, M2 y M3 revelaron una alta concentración de sílice (Si), con valores de hasta 394,000 ppm en M3. También se detectaron niveles significativos de sodio (Na: 21,000 ppm), potasio (K: 21,400 ppm), y azufre (S: 4,190 ppm), así como la presencia de metales traza como níquel (Ni: 36.4 ppm), plomo (Pb: 18.8 ppm), zinc (Zn: 49.3 ppm), y elementos de tierras raras como itrio (Y: 52.9 ppm). Destaca también la presencia de niobio (Nb: 22.4 ppm) y renio (Re: 8.09 ppm), lo cual sugiere aportes volcánicos secundarios. El análisis por difracción de rayos X (DRX) confirmó la presencia dominante de minerales silicatados y aluminosilicatos, como cuarzo (SiO2), albita (Na(Si3Al)O8), anortita ((Ca,Na)(Al,Si)2Si2O8), gismondina (CaAl2Si2O8·4H2O), muscovita ((K,Na)(Al,Mg,Fe)2(Si3.1Al0.9)O10(OH)2), sanidino, tridimita y cristobalita. En menor proporción se identificaron fases como calcita (CaCO3), yeso (CaSO4·2H2O) y nefelina ((K,Na)AlSiO4), asociadas a condiciones de evaporación y procesos diagenéticos (Figura 5). La composición mineralógica y geoquímica de las muestras es coherente con un ambiente lacustre somero, con baja energía de depósito y fuerte influencia biogénica. La ausencia de fases indicadoras de mineralización hidrotermal respalda la hipótesis de un entorno no magmático reciente, característico de cuencas cerradas durante el Pleistoceno Tardío.

Discusión
Los resultados obtenidos a partir de imágenes satelitales, observaciones de campo y análisis geoquímicos y mineralógicos permiten interpretar a El Tecuán como un sistema lacustre somero que funcionó como refugio ecológico durante el Último Máximo Glacial (UMG). La identificación de huellas fósiles de vertebrados, como Procyon lotor, Didelphis virginiana y aves del orden Pelecaniformes, sugiere la existencia de un ecosistema transicional templado-húmedo, que ofrecía recursos hídricos estacionales y condiciones adecuadas para especies adaptables a ambientes variables. La composición mineralógica rica en silice (cuarzo, tridimita, cristobalita), aluminosilicatos sódico-cálcicos (albita, anortita) y minerales evaporíticos como gismondina y yeso, apunta a un entorno de baja energía con procesos sedimentarios dominados por la evaporación y la influencia biogénica. Estas condiciones son típicas de cuerpos de agua poco profundos y estacionales, donde los aportes volcánicos retrabajados y la actividad biológica favorecen la preservación de trazas fósiles (Metcalfe et al., 2020; Lozano-García et al., 2015). La ausencia de fases hidrotermales, como esmectitas o arcillas tipo montmorillonita asociadas a alteración magmática, refuerza la interpretación de que el sitio no estuvo sometido a procesos hidrotermales recientes. Por tanto, las condiciones de preservación de las huellas fósiles responden más a una sedimentación estable con aportes fluvio-lacustres que a eventos geotérmicos. 

Desde una perspectiva paleoambiental, la ubicación de El Tecuán en la Mesa Central de México y su altitud entre los 1,700 y 1,800 m s.n.m. permitieron que durante el UMG se configurara como una “isla ecológica” en un paisaje más árido. Estudios previos han demostrado que en el centro-norte de México las cuencas endorreicas, como las del Lerma y el Aguanaval, mantuvieron condiciones húmedas locales a pesar de la tendencia regional a la desecación (Caballero et al., 2010; Ortega-Guerrero et al., 2005). Asimismo, el registro de huellas fósiles de meso mamíferos en El Tecuán coincide con hallazgos similares en otras cuencas del Altiplano Central, como Zacapu o Cieneguilla, donde se ha documentado la coexistencia de mamíferos de tamaño medio y aves acuáticas en contextos lacustres del Pleistoceno (Polaco and Arroyo-Cabrales, 2005; Lockley and Hunt, 1995). Estos datos refuerzan la hipótesis de que El Tecuán no sólo funcionó como hábitat temporal, sino también como corredor biológico dentro de una red de humedales estacionales interconectados. En conjunto, el estudio de El Tecuán aporta nuevas evidencias sobre la dinámica paleoecológica del Bajío durante el Pleistoceno tardío, al integrar datos paleontológicos, mineralógicos y geoespaciales que contribuyen al entendimiento de las respuestas biológicas a los cambios climáticos extremos del Cuaternario.

Conclusiones
El sitio de El Tecuán, ubicado en la región noroeste del estado de Guanajuato, constituye un registro sedimentario y paleontológico clave para la reconstrucción de los ambientes del Pleistoceno Tardío en el centro de México. Los análisis geoespaciales permitieron identificar antiguos cuerpos de agua someros, confirmados posteriormente mediante trabajo de campo y estudios geoquímicos y mineralógicos. La presencia de icnitas atribuidas a Procyon lotor, Didelphis virginiana y aves del orden Pelecaniformes indica la existencia de un ecosistema lacustre de baja energía que funcionó como refugio ecológico durante el Último Máximo Glacial. La composición mineralógica, dominada por silicatos, feldespatos y minerales evaporíticos, junto con la ausencia de fases hidrotermales, respalda un entorno de sedimentación estable y de carácter biogénico. Estos hallazgos no solo enriquecen el conocimiento sobre la dinámica ecológica del Cuaternario en el Bajío, sino que también permiten proponer a El Tecuán como un sitio estratégico para investigaciones paleo ambientales en contextos de cambio climático. La integración de herramientas geoespaciales, icnológicas y geoquímicas demuestra la eficacia de los enfoques multidisciplinarios para comprender los procesos naturales del pasado y su relevancia en la conservación del patrimonio geológico y paleo biológico.

Conflictos de intereses
No existen conflictos de intereses

Agradecimientos
Agradecemos al laboratorio LICAMM por su apoyo en la realización de los análisis de difracción de rayos X, y fluorescencia de rayos X.

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1Departamento de Minas, Metalurgia y Geología, División de Ingenierías, Universidad de Guanajuato, Campus Guanajuato, México

2Departamento de Ciencias Agro-genómicas, Escuela Nacional de Estudios Superiores Unidad León, Universidad Nacional Autónoma de México

3Departamento de Ciencias Ambientales, División de Ciencias de la Vida, Universidad de Guanajuato, Campus Irapuato-Salamanca, C.P. 36500; Irapuato, Mexico