Cáncer, más allá del diagnóstico, una oportunidad de vida
En México, el cáncer es la tercera causa de muerte y representa un grave desafío de salud pública con más de 195,000 nuevos casos diagnosticados cada año. A nivel mundial se registraron cerca de 20 millones de nuevos casos y 9,7 millones de muertes.
La prevención del cáncer es fundamental porque permite evitar entre el 30% y el 50% de los casos y facilita detectar la enfermedad a tiempo, cuando los tratamientos son más sencillos y eficaces. Detectar el cáncer en sus fases iniciales eleva drásticamente las probabilidades de curación, por ejemplo, hasta un 90% en ciertos tipos si se diagnostica a tiempo.
Las autoridades sanitarias recomiendan una prevención primaria, la cual consiste en evitar la aparición de la enfermedad mediante cambios de estilo de vida y control de factores externos. Una prevención secundaria se enfoca en el diagnóstico oportuno a través de mediciones periódicas y pruebas dedetección temprana, incluso sin presentar síntomas.
El cáncer no es sólo un diagnóstico médico, es un punto de inflexión que transforma por completo la vida de quien lo recibe, de su familia y su entorno. Presentamos a continuación testimonios muy valiosos de compañeros nuestros en el sector; relatos que hablan de resiliencia y valentía para salir adelante.
Estos testimonios son también una forma de honrar la vida y recordar a quienes ya no están con nosotros.
Es difícil escribir sobre el cáncer, uno quisiera decir tantas cosas. No es solamente un diagnóstico, un tratamiento o lo que le sucede a tu cuerpo. Es un camino profundamente emocional que te va quitando cosas: energía, certezas, tranquilidad, planes y, por momentos, hasta la confianza en ti misma.
Mi diagnóstico llegó a partir de una revisión de rutina. Yo hacía lo que se supone que debemos hacer: acudía a mis revisiones y realizaba mis estudios cada año. Mi mastografía no mostró algo que indicara lo que vendría después, pero por alguna razón insistí con mi doctora en hacerme también un ultrasonido. No sé explicar por qué lo hice. Desde mi fe, yo lo llamo inspiración divina. Ese ultrasonido fue el que inició el camino que finalmente llevó a mi diagnóstico.
Y aun habiendo hecho “todo bien”, cuando escuchas la palabra cáncer sientes que lo pierdes todo. Por más información que tengas, la palabra sigue asociándose con muerte, dolor e incertidumbre. En unos minutos la vida que conocías cambia y comienzas a habitar una realidad para la que nadie está realmente preparado.
Después vienen los tratamientos. La quimioterapia es difícil. Están las operaciones, los medicamentos, los efectos secundarios y, en algunos momentos, mucho dolor físico. Pero existe también una vulnerabilidad de la que hablamos poco. Tu cuerpo deja de sentirse completamente tuyo: lo revisan, lo tocan, lo marcan, lo operan. Para una mujer, estar una y otra vez con el pecho descubierto frente a médicos, técnicos y personal de salud tampoco es algo menor. Sabes perfectamente que es necesario y profesional, pero eso no significa que emocionalmente sea fácil. Hay una intimidad que de pronto desaparece y tienes que aprender a vivir también con esa exposición.
Y luego está la imagen. El cabello empieza a caer y aparecen inmediatamente los consejos: compra una peluca, ponte un turbante, que no te vean pelona. Recuerdo especialmente un día que fui al supermercado. No quería ponerme el turbante; simplemente quería bajarme del carro así, con mi cabeza descubierta. Me encontré a una conocida y una de las primeras cosas que me dijo fue: “¿Por qué no te cubres?”
Esa pregunta se me quedó grabada. Pensé: ¿por qué tendría que cubrirme? Ya estaba enfrentando una enfermedad, perdiendo mi cabello, viendo cambiar mi cuerpo y tratando de reconocerme frente al espejo. ¿También tenía que preocuparme por no incomodar a los demás con la imagen de mi enfermedad?
Sentí que incluso enfermas, las mujeres seguimos cargando con ciertos estándares: vernos bien, cubrir aquello que puede resultar incómodo, tratar de que la enfermedad no se note demasiado. Yo decidí que no quería vivirlo así. Mi cabeza sin cabello también era parte de lo que estaba atravesando y no tenía por qué esconderla.
Con el tiempo comprendí que las cicatrices no son solamente físicas. Cada revisión de control puede convertirse en una montaña rusa emocional. Está el fantasma de una recaída; cualquier molestia puede encender una alarma. Hay días en los que la razón te dice una cosa y las emociones otra completamente distinta.
Durante mucho tiempo intenté mantener una actitud inquebrantable, también por mi familia. Quería estar bien, ser fuerte y transmitirles tranquilidad. Hasta que mi cuerpo y mis emociones dijeron basta. Aprendí que ser fuerte no significa estar bien todo el tiempo.
Una de mis grandes lecciones ha sido reconocer el miedo sin permitir que me paralice. Entender que sentirlo no significa haber perdido la fe ni ser menos fuerte. Y, sobre todo, aprender a pedir ayuda.
Esto se volvió especialmente importante durante el tratamiento de bloqueo hormonal. Los cambios físicos y emocionales son reales y pueden ser muy difíciles de manejar. Ahí confirmé algo que hoy defiendo profundamente: la salud mental tiene que formar parte del cuidado durante y después del cáncer. Pedir ayuda profesional fue una decisión importantísima para mí. No tenemos que poder con todo solas.
También he tenido que aceptar algo que me costó mucho: probablemente nada vuelva a ser exactamente como antes. Quedan cicatrices visibles y otras que nadie puede ver. Cambia el cuerpo, pero también cambia la forma de mirar la vida, las relaciones, el trabajo y nuestra propia vulnerabilidad. Sigo aprendiendo a conocer y aceptar a esta nueva versión de mí.
En ese camino descubrí lo reconfortante que resulta hablar con otra mujer o con un varón que ha atravesado un cáncer de mama. Hay cosas que puedes explicar muchas veces y que solamente quien las ha vivido alcanza a comprender de otra manera.
Y quiero decir varones deliberadamente. El cáncer de mama no es exclusivo de las mujeres. Los varones también pueden padecerlo y, además de enfrentar la enfermedad, pueden cargar con un estigma adicional precisamente porque socialmente seguimos identificándola casi exclusivamente como una enfermedad femenina. En nuestra propia comunidad minera tenemos ejemplos que nos recuerdan que hablar de cáncer de mama y de detección también debe incluirlos a ellos.
A veces, frente a alguien que ha recorrido un camino parecido, ni siquiera necesitas demasiadas palabras. Basta escuchar: “sé lo que estás sintiendo”. Esa comprensión puede ser profundamente reconfortante.
Tu mundo también se va haciendo más pequeño. Dejas de salir, no siempre puedes aceptar una invitación y naturalmente vas quedando fuera de algunos planes. Pero al mismo tiempo descubres algo maravilloso: las personas que se hacen presentes.
Mis amigas de tantos años estuvieron ahí sosteniéndome. Y también amistades que llegaron más recientemente a mi vida, algunas mucho más jóvenes que yo, se hicieron presentes de maneras que nunca imaginé. Hubo personas que, con una llamada, una visita, una comida, un mensaje o simplemente estando pendientes hicieron mucho más por mí de lo que probablemente alcanzan a dimensionar. Algunas, en determinados momentos, literalmente me salvaron la vida.
Y en medio de todo este proceso, Dios ha sido una presencia constante en mi vida. Mi fe me ha dado y me sigue dando una paz que muchas veces no sé explicar. Hubo momentos de muchísimo miedo e incertidumbre en los que, de alguna manera, las cosas se iban acomodando, aparecía la persona indicada, llegaba una respuesta o simplemente encontraba la calma que necesitaba para seguir. Yo siempre lo atribuí a Él. A sentirme en sus manos aun cuando no entendía lo que estaba pasando. Para mí esas han sido las Diosidencias de este camino: pequeñas y grandes señales que me han recordado una y otra vez que no estoy sola.
Cuando miro hacia atrás, siento que la vida y Dios me fueron preparando para llegar más fuerte al día de mi diagnóstico. Antes de saber que tendría que enfrentar mi propia enfermedad, estuve cerca de amigas que vivieron pérdidas enormes y fueron para mí ejemplos de resiliencia y de fe. También como familia habíamos atravesado nuestros propios desafíos y los fuimos sorteando juntos.
Creo que todo eso nos preparó para entender algo fundamental cuando llegó el cáncer: no podíamos desperdiciar nuestras fuerzas en enojos, frustraciones o cosas que habían dejado de ser importantes. Necesitábamos esa energía para cuidarnos, acompañarnos y seguir adelante.
La enfermedad también me arrebató temporalmente algo que ha sido parte fundamental de mi vida: trabajar en minería. Después de tantos años de carrera, tener que detenerme fue mucho más difícil de lo que imaginé. Extrañé mi trabajo, los proyectos, las comunidades, las conversaciones y sentirme parte de una industria a la que he dedicado buena parte de mi vida.
Durante ese tiempo, mis compañeras de Mujeres WIM de México nunca dejaron de hacerme sentir querida y acompañada. Y ahora que he podido regresar, lo hago diferente. Regreso con otra mirada y todavía más apasionada por lo que hago. Cuando algo te es arrebatado por un tiempo entiendes con mucha mayor claridad cuánto significa para ti.
Hay otra realidad que esta enfermedad me obligó a mirar de frente: el enorme costo económico de enfermarse. Yo he tenido la fortuna de contar con un seguro de gastos médicos y aun así pude dimensionar lo que cuesta un tratamiento oncológico. En hospitales y salas de espera ves la zozobra de familias que, además del miedo por la salud de alguien que aman, tienen que preguntarse cómo van a pagar un estudio, un medicamento o el siguiente tratamiento. Enfermarse de cáncer también puede convertirse en una crisis económica para una familia.
Y si hablo de acompañamiento, necesito detenerme especialmente en Fernando Oviedo, mi pareja y mi compañero en todo este proceso. Ha estado conmigo en consultas, tratamientos, operaciones, miedos, cansancio y en esos días en los que física o emocionalmente ya no podía más. Ha cuidado de mí, me ha sostenido y muchas veces ha tenido que ser fuerte por los dos. Saber que estaba ahí me dio una seguridad y una tranquilidad difíciles de explicar.
También tengo un enorme agradecimiento con quienes, desde su trabajo, entendieron lo que estábamos viviendo y le dieron las facilidades para acompañarme cuando lo necesité. Ese tiempo que le permitieron estar conmigo fue invaluable. Fernando no vivió el cáncer en su cuerpo, pero lo ha caminado conmigo todos los días, y una parte muy importante de cómo he podido atravesar este proceso tiene que ver con él. Eso es algo que voy a agradecer toda mi vida.
Y mi hermana Erika, que estuvo conmigo en algunos de mis momentos más difíciles, cuidándome y acompañándome cuando más la necesité. Este proceso nos acercó de una manera muy especial y siempre voy a agradecer que estuviera ahí.
He aprendido que hay momentos en los que una simplemente no puede sola. Yo tuve la bendición de tener quién me sostuviera cuando me tocó vivirlos.
El cáncer me ha quitado mucho y no quiero romantizarlo. Hay momentos muy oscuros, cicatrices físicas y emocionales y un proceso de aceptación que todavía continúa. Pero también me ha obligado a mirar mi vida desde otro lugar. Me ha enseñado quién está, qué vale la pena, qué puedo soltar y cuánto significa sentirse acompañado cuando una está vulnerable.
Sigo en el camino. Sigo aprendiendo a vivir con días buenos y días difíciles, con miedo y con esperanza. Y sigo profundamente agradecida: con Dios, con mi familia, con mis amigos, con quienes me han cuidado, con quienes han rezado por mí y con tantas personas que aparecieron justo cuando las necesitaba.
Hoy tengo mucho más claro que la vida es frágil, que no tenemos garantizado el mañana y que cuidarnos también es una forma de agradecerla.
Mi diagnóstico comenzó con una revisión de rutina y con aquella decisión de insistir en un estudio adicional. Por eso, si algo quisiera que quedara después de leer estas palabras, es que no dejemos nuestra salud para después. Conozcamos nuestro cuerpo, acudamos a nuestras revisiones y consultemos con nuestros médicos cuáles son los estudios adecuados para cada uno de nosotros.
Y como minera, no encontré mejor manera de decirlo:
Explórate, la concesión ya la tienes.
M.C. María Fernanda Romero Galaz
Cuando me detectaron tumores en el seno, experimenté una mezcla de miedo, incertidumbre y preocupación. Inevitablemente, pensé en todas las historias que se escuchan sobre lo difícil que es afrontarlo, tanto en la parte emocional como en la económica. Y aunque cada caso es diferente, el miedo es inevitable al no saber cómo terminará tu historia. Y debo confesar que llegó un momento fugaz en el que pensé que lo mejor era morir.
Hoy veo esta experiencia de una manera diferente, pasar por estudios, revisiones y una mastectomía bilateral me hizo enfrentar muchos de mis propios miedos. También aprendí a escuchar más a mi cuerpo y a no dejar de lado mi salud por miedo a recibir una noticia difícil.
Esta experiencia, años después me permitió apoyar a mi madre y a mi tía cuando les diagnosticaron cáncer de mama. Lo más importante es la prevención y detección a tiempo, eso hace totalmente la diferencia así que invito a no dejar nunca para después nuestra salud.
Gabriela Britain. Grupo Peñoles
Ser una paciente diagnosticada con cáncer no sólo fue una noticia, fue un cambio radical en mi vida; no únicamente por el miedo y la incertidumbre a lo desconocido, al sentirme tan diferente de los demás experimenté rechazo y una profunda tristeza que me partió el alma. Con gran fé y el alma triste, sólo tenía dos opciones, debía continuar y librar la batalla o dejarme vencer.
Hoy, al cabo de muchos procedimientos médicos y altas y recaídas, estoy aquí con las cicatrices de esa batalla, esas cicatrices me recuerdan todos los días que la decisión que tomé fue la correcta.
Dios nunca se equivoca y aunque pareciera que todo va tan mal, Él siempre pone los medios para ayudar a reconstruirte y amarte en tu nueva versión.
C.P. María Juárez, AIMMGM
Sentí una pequeña bolita en la mama y pensé que no era nada grave. Sin embargo, la endocrinóloga me remitió de inmediato con un ginecólogo oncólogo especializado en mama. Tras realizar los estudios de imagen, me dijo: «Es cáncer; lo confirmaré con una biopsia. Hazte los análisis y te opero en diez días». Ese momento me cambió la vida. Aunque el pronóstico era optimista, me invadieron los pensamientos negativos que siempre había asociado con el cáncer.
El mundo se me vino encima. Hablar con mis hijos y con el médico me llenó de optimismo, esperanza y fuerza de voluntad. Hace cuatro años me sometí a una extirpación total de la mama. Después inicié un tratamiento para evitar que el cáncer apareciera en la otra mama.
Desde entonces, decidí pensar de manera positiva y vivir plenamente. Aunque el tratamiento con tabletas es fuerte, no ha cambiado mi calidad de vida. Dos años después, durante un chequeo médico, recibí un nuevo diagnóstico: cáncer de próstata. Se detectó justo a tiempo para tratarlo con radioterapia y medicamentos.
Algunas personas me han dicho que he tenido mala suerte. Yo pienso lo contrario: he tenido buena suerte, porque hoy estoy libre de cáncer, gracias a Dios. Ahora tengo una visión y una misión claras: vivir plenamente y dar antes que recibir.
Acudan siempre al médico: la detección temprana salva vidas.
Nota: Cuando me detectaron el cáncer de mama, este representaba solo el 1 % de los casos en la población. Actualmente, hay estudios que sitúan esa cifra en el 2 %.
Ing. Raúl García Reimbert, AIMMGM
Soy Mayra Olvera Prado, ingeniera de minas, mamá de dos hijos y una apasionada de mi profesión. Mi vida cambió el 10 de julio de 2025. Después de ver un video sobre autoexploración mamaria, detecté una anomalía que me llevó a realizarme estudios. Días después recibí un diagnóstico que jamás imaginé escuchar: cáncer de mama en etapa 3.
Recibí la noticia llena de miedo e incertidumbre, especialmente al pensar en mis hijos. Inicié entonces un proceso difícil que incluyó quimioterapias, una mastectomía radical y radiaciones, tratamientos que pusieron a prueba mi fortaleza física y emocional.
Durante este camino conté con el invaluable apoyo de mis médicos, mis hijos, mi familia y mis amigos. Aprendí que el cáncer no solo impacta a quien lo padece, sino también a todos los que lo acompañan. Su amor, compañía y apoyo fueron fundamentales para seguir adelante.
Hoy continúo con tratamiento y sigo enfrentando algunos retos físicos y emocionales, pero también vivo con una profunda gratitud por esta nueva oportunidad de vida. Por ello, comparto mi historia para invitar a todas las mujeres a conocer su cuerpo, realizar revisiones periódicas y no ignorar ningún cambio.
A mis 45 años sigo siendo la misma Mayra: mamá, ingeniera, amiga e hija. El cáncer forma parte de mi historia, pero no define quién soy. Mi historia continúa, y cada día elijo vivirla plenamente, agradecida con Dios, disfrutando a mi familia y valorando cada momento.
La prevención y la detección oportuna pueden salvar vidas.
Ing. Mayra Olvera Prado. Grupo Minero Bacis
